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Mensaje semanal
“No está aquí.”
Estas palabras, pronunciadas ante el sepulcro vacío, resuenan a lo largo de la historia con una fuerza silenciosa. El lugar que una vez contuvo el cuerpo de Jesucristo fue hallado vacío en la mañana de Pascua, no como señal de ausencia, sino como proclamación de vida. El sepulcro está vacío porque Él ha resucitado. Y, sin embargo, el misterio de la Pascua nos invita a ver más profundamente: el sepulcro no está realmente vacío. Está lleno—de esperanza, de promesa, de vida nueva. Lo que parecía pérdida se convirtió en el comienzo de algo totalmente nuevo. Dios transformó el vacío en plenitud, la desesperación en alegría y la muerte en vida. Nosotros también sabemos lo que significa experimentar el vacío. Hay momentos en nuestra vida marcados por la pérdida, la incertidumbre, la soledad o la sequedad espiritual. A veces, nuestro corazón puede sentirse como ese sepulcro—silencioso y vacío. Pero la Pascua nos revela una verdad profunda: esos espacios de vacío no son el final. Pueden convertirse en el terreno donde Dios comienza algo nuevo. La Resurrección nos enseña que Dios actúa precisamente en los lugares donde menos lo esperamos. El sepulcro vacío se convierte en una puerta, no en un final. Nos recuerda que el cambio es posible, que los nuevos comienzos son reales y que la vida puede surgir incluso de lo que parece sin vida. En esta Pascua, no tengamos miedo de los espacios vacíos dentro de nosotros. Más bien, llevémoslos al Señor Resucitado. Porque es allí—en nuestra vulnerabilidad, en nuestra espera, en nuestro anhelo—donde Él nos encuentra y nos llena con su vida. Que la alegría de la Resurrección renueve nuestra fe, fortalezca nuestra esperanza y nos inspire a vivir como testigos de la vida nueva cada día. ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! P. Lijoy Jose, OFM Cap. |


























