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Mensaje semanal
En el Evangelio, Jesús deja algo sorprendentemente claro: no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. Los escribas y fariseos eran meticulosos en cumplir la letra de la ley. Pero Jesús llama a sus discípulos a algo más grande: el espíritu de la ley. Nos lleva más allá de la mera observancia externa hacia una profunda transformación interior.
De esta manera, Jesús nos enseña que el pecado no es solo un acto externo; comienza dentro de nosotros. Antes de que haya violencia en las calles, hay hostilidad en el alma. Antes de que haya traición en las relaciones, hay infidelidad en el corazón. Antes de que existan comunidades fracturadas, hay actitudes endurecidas. El Evangelio nos recuerda que el primer campo de batalla de la santidad está en nuestro interior. La vida cristiana, entonces, no consiste simplemente en evitar faltas graves o en aparentar justicia ante los demás. Se trata de permitir que Dios nos transforme desde dentro hacia afuera. Se trata de entregar nuestros pensamientos, deseos, intenciones y palabras a la gracia sanadora de Cristo. Cuando el corazón se purifica, las acciones cambian. Cuando el amor reina dentro, la paz se irradia hacia afuera. Jesús nos llama a una justicia que supera el legalismo: una justicia arraigada en el amor. Solo cuando la ley está escrita en nuestro corazón se convierte en fuente de vida. Solo cuando permitimos que Cristo modele nuestra vida interior reflejamos verdaderamente la santidad del Reino. Pidamos al Señor no solo que guíe nuestras acciones, sino que transforme nuestro corazón. Porque cuando el corazón pertenece plenamente a Dios, toda la vida lo sigue. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |

























