Reflexión sobre el Evangelio del domingo
En la solemnidad del Corpus Christi celebramos uno de los dones más grandes que Jesús dejó a su Iglesia: la Sagrada Eucaristía. Cuando se preparaba para regresar al Padre, Jesús no quiso dejar solos a sus discípulos. Su regalo de despedida no fue simplemente un recuerdo, una enseñanza o un símbolo. Él nos dio a Sí mismo.
En la Eucaristía, Jesús está verdadera y realmente presente. La Eucaristía contiene todo su ser: su divinidad y su humanidad, su nacimiento en Belén, su vida oculta en Nazaret, su predicación, sus milagros, sus sufrimientos, las persecuciones que soportó, su muerte en la cruz, su resurrección y su gloria. Todo lo que Jesús es y todo lo que realizó para nuestra salvación está presente en este admirable sacramento. A diferencia de los regalos humanos, que con el tiempo se desgastan o se olvidan, la Eucaristía es un regalo que permanece para siempre. Desde hace más de dos mil años, Cristo continúa acompañando a su pueblo y cumple su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Al celebrar Corpus Christi, también se nos invita a hacernos una pregunta importante: ¿Cuál será mi regalo de despedida para el mundo? ¿Qué legado de fe, amor, servicio y bondad dejaré a quienes me rodean? Jesús se entregó completamente. Nos enseña que el mejor legado no son las riquezas ni los logros personales, sino una vida ofrecida por amor a Dios y al prójimo. Que nuestra devoción a la Eucaristía fortalezca nuestra fe en la Presencia Real de Cristo y nos inspire a convertirnos también en un regalo para los demás. Al recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, aprendamos a vivir como Él vivió: entregándonos con generosidad, amor y fidelidad para la vida del mundo. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |




























