Reflexión sobre el Evangelio del domingo
“El perdón comienza dentro de nosotros, pero no termina allí.” Todos llevamos algo del pasado: errores que lamentamos, palabras que quisiéramos poder retirar, o momentos que desearíamos que hubieran sido diferentes. A veces, seguimos castigándonos mucho después de que Dios ya nos ha ofrecido su misericordia.
Perdonarnos a nosotros mismos no significa negar nuestros errores ni escapar de nuestra responsabilidad. Significa reconocerlos, aprender de ellos y confiar en que la misericordia de Dios es más grande que nuestros fracasos. Si Dios puede perdonarnos, quizás nosotros también podamos aprender a perdonarnos. Pero el perdón no termina en nosotros mismos. Todos hemos sido heridos por otros. Podemos cargar con enojo y decepción, pensando a veces que nuestra falta de perdón hace pagar a la otra persona. Sin embargo, muchas veces, la carga más pesada cae sobre nosotros. La falta de perdón nos mantiene atados a un pasado que no podemos cambiar. Perdonar no significa que lo que sucedió estuvo bien. Significa elegir no permitir que esa herida controle nuestro presente ni determine nuestro futuro. Cuando aprendemos a recibir la misericordia de Dios en nuestra propia vida, nos volvemos más capaces de extender esa misericordia a los demás. Comenzamos a perdonar no simplemente según nuestros propios criterios, sino según la manera en que Dios nos perdona. El perdón se convierte así en un camino: de recibir misericordia a ofrecer misericordia, de sanar nuestro interior a sanar nuestras relaciones. La vida se vuelve más ligera cuando dejamos de cargar con el peso de la falta de perdón y ponemos nuestras heridas en las manos de Dios. Recibe su misericordia. Perdónate a ti mismo. Perdona a los demás. Y camina en paz. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |






























