Reflexión sobre el Evangelio del domingo
«¡Oh, mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas». Estas palabras son dirigidas a una mujer cananea que se acercó a Jesús con nada más que su confianza, su humildad y su amor desesperado por su hija. En su encuentro con Cristo, descubrimos tanto una fe asombrosa como una gracia asombrosa.
¿Qué hace tan extraordinaria su fe? Ella confió en Jesús incluso cuando Él no le respondió de inmediato. Permaneció fiel en medio del silencio, el rechazo, los obstáculos y la decepción. No permitió que aquello que no podía comprender destruyera aquello en lo que creía. Incluso cuando se sentía indigna, continuó permaneciendo a los pies de Jesús. Su fe era tan profunda que creyó que incluso una migaja de su misericordia era suficiente para traer sanación y salvación. La fe no siempre consiste en comprender lo que Dios está haciendo. A veces, tener fe significa simplemente permanecer a los pies de Jesús y decir: «Señor, ayúdame». Y es precisamente allí donde encontramos una gracia maravillosa. La gracia de Dios es más grande que nuestras limitaciones, nuestros fracasos, nuestros temores e incluso las barreras que nosotros mismos levantamos entre unos y otros. Tal vez haya alguien en nuestra propia vida que está esperando una respuesta de Dios: alguien que lucha contra una enfermedad, una familia que atraviesa dificultades económicas, una pareja que intenta superar las dificultades de su matrimonio, o alguien que lleva una carga que nadie más puede ver. El Evangelio nos dice: No se rindan. Sigan orando. Sigan confiando. Sigan llevando su corazón a Jesús. La mujer cananea nos enseña una fe admirable, pero Jesús nos revela una gracia maravillosa. Que podamos acercarnos al Señor con la misma sencilla oración: «Señor, ayúdame». Y que podamos descubrir que su gracia siempre es más maravillosa de lo que podemos imaginar. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |





























