Reflexión sobre el Evangelio del domingo
Desde el punto de vista humano, toda partida deja el corazón dolorido por la ausencia. Las despedidas suelen conllevar el peso de la distancia y la tristeza de la separación. La Ascensión de Cristo es una despedida, pero cuenta una historia diferente. La Ascensión no es el desvanecimiento de su presencia, sino su plenitud. No es el capítulo final de la obra de Cristo, sino el amanecer de la misión de la Iglesia. La Ascensión, por lo tanto, no se trata de ausencia, sino de una presencia más profunda: Cristo vivo en su Palabra, en la Eucaristía, en el Espíritu Santo y en los fieles que continúan su misión. Cristo confía su Evangelio a frágiles manos humanas, para que su amor pueda seguir tocando al mundo a través de nosotros. Los discípulos que vieron ascender a Jesús sintieron primero la tentación de quedarse quietos y mirar hacia el cielo. Pero el cielo volvió suavemente sus ojos hacia el mundo: hacia la humanidad herida, los corazones expectantes y la misión inconclusa. El mensaje de la Ascensión no es «queda mirando hacia arriba», sino «salid». La fe no nos aleja del mundo; nos envía más profundamente a él con un propósito renovado. Al celebrar esta fiesta, renovemos nuestro compromiso de vivir no como admiradores distantes de Jesús, sino como discípulos valientes a quienes se ha confiado llevar su luz al mundo. La Ascensión, por lo tanto, no es un final envuelto en tristeza, sino un comienzo revestido de promesa: « Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». P. Lijoy Jose, OFM Cap. |



































