Reflexión sobre el Evangelio del domingo
El Cristo escondido en cada corazón, esperando un abrazo: Uno de los momentos más transformadores de la vida de San Francisco fue su encuentro con un leproso, alguien a quien temía y evitaba. Sin embargo, Francisco se acercó a él y lo abrazó con compasión. En la persona a quien antes temía, Francisco descubrió a Cristo. Lo que antes le parecía amargo se convirtió en dulce. Este es el misterio de la espiritualidad franciscana: aquello que tratamos de evitar por estar herido o roto puede convertirse precisamente en el lugar donde Cristo decide revelarse. Un Cristo escondido vive en cada corazón. A veces brilla a través de la bondad y la alegría; otras veces permanece escondido bajo las heridas, la soledad, la ira o el miedo, incluso detrás de alguien que parece difícil, distante o de mal humor. Tal vez la pregunta no sea solamente: “¿Dónde puedo encontrar a Cristo?” Quizás la pregunta más profunda sea: “¿Puedo reconocer a Cristo allí donde he aprendido a no mirar?” La belleza humana no se encuentra en la perfección, sino en lo que el amor puede despertar. La paciencia puede descubrir la ternura; la compasión puede devolver la dignidad; y el perdón puede traer la paz. Nuestra misión no es juzgar a las personas por lo que vemos, sino amarlas y ayudarlas a llegar a ser aquello que pueden llegar a ser. Al celebrar los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís (1226–2026), el desafío permanece: ¿Podemos mirar más allá de las heridas y las apariencias para reconocer al Cristo escondido que espera ser amado? Allí donde menos esperamos encontrarlo, Cristo nos espera: en la belleza escondida de cada corazón. ¡Feliz fiesta de San Francisco a todos! Pidamos que el espíritu de San Francisco nos acompañe siempre en nuestro camino de vida, y que nos enseñe a descubrir a Cristo en cada persona que encontramos. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |
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