Reflexión sobre el Evangelio del domingo
Al dar paso octubre al mes de noviembre, la Santa Madre Iglesia dirige nuestra mirada hacia las “realidades últimas”: el domingo celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y el lunes la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Además, dedicamos todo el mes a recordar a nuestros seres queridos, mientras el año litúrgico se acerca a su fin.
Miremos a nuestro alrededor. Las hojas se tiñen de dorado y rojo carmesí, y luego caen. Al acercarse el invierno, los árboles dejan ir lo pasajero, mientras la naturaleza espera en silencio una nueva vida. La muerte forma parte de la naturaleza, pero no es el final, sino una transformación. Una oración del Misal Romano nos recuerda: “Para tus fieles, Señor, la vida no termina, se transforma”. La muerte es una puerta y, para los bautizados, esa puerta se abre hacia Cristo. Pero ¿cuál es la peor de todas las muertes? No es la muerte del cuerpo, sino tener el corazón endurecido por el pecado e indiferente a Dios y al prójimo. Los santos nos enseñan a morir cada día al pecado, al orgullo y a nuestra propia voluntad, hasta poder decir con san Pablo: “Para mí, la vida es Cristo y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21). Hermanos y hermanas, noviembre nos invita a orar por nuestros seres queridos difuntos, conservar con cariño su memoria y consolar a quienes sufren por su ausencia. También nos llama a prepararnos para la eternidad, viviendo cada día con fe y amor. Encontremos consuelo en la promesa de Cristo: la muerte no tiene la última palabra. En Él, la vida no termina, se transforma, y vivimos con la esperanza de reunirnos un día con nuestros seres queridos en la vida eterna, donde el amor nunca termina. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |
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