Reflexión sobre el Evangelio del domingo
Hoy, al reunirnos para celebrar el Día del Padre, llevamos en nuestro corazón los nombres y los rostros queridos de los hombres que han marcado nuestras vidas. Algunos aún caminan a nuestro lado, y su presencia sigue siendo una bendición viva en nuestra vida cotidiana. Otros se encuentran lejos, más allá de horizontes distantes. Algunos han envejecido, y la fuerza que un día pareció inquebrantable ahora cede ante la fragilidad del paso del tiempo. También están aquellos que han partido a la eternidad y que viven ahora en el silencioso santuario de nuestros recuerdos y en las historias que seguimos compartiendo con amor. Sin embargo, ninguno de ellos se ha ido realmente. Permanecen unidos a nosotros para siempre, grabados en nuestros corazones y elevados con cariño en nuestras oraciones. En el Evangelio, Jesús nos recuerda con ternura: «No tengan miedo... Hasta los cabellos de su cabeza están contados. No teman; ustedes valen más que muchos gorriones». Estas palabras llenas de consuelo nos revelan el corazón tierno y profundamente amoroso de nuestro Padre Celestial. Nunca somos olvidados. Nunca somos abandonados. Dios nos conoce por nuestro nombre, nos ama sin medida y nos sostiene con seguridad en sus manos. Todo buen padre refleja algo de este amor divino. El cuidado de un padre suele ser silencioso y muchas veces pasa desapercibido. Se sacrifica, trabaja arduamente, se preocupa en silencio, ora por su familia y permanece fiel día tras día. A través de estos actos sencillos y constantes de entrega, se convierte en un signo vivo de la presencia de Dios entre nosotros. Nuestros padres no siempre tienen todas las respuestas y, como todos nosotros, a veces tropiezan. Sin embargo, continúan amando, guiando y protegiendo. En su perseverancia silenciosa podemos contemplar el amor fiel y duradero de Dios actuando en medio de nosotros. A todos los padres y figuras paternas que han estado presentes en los momentos difíciles: gracias por sus sacrificios, su fortaleza, sus oraciones y su amor incondicional. Que San José, custodio de la Sagrada Familia, acompañe siempre sus pasos. Que nuestro Padre Celestial los bendiga con una paz profunda, salud abundante, fortaleza inquebrantable y una alegría duradera, hoy y siempre. Nuestras más sinceras oraciones y gratitud para todos los padres, abuelos, padrastros, padres adoptivos, padrinos y para toda persona valiente que ha amado con la inmensa profundidad del corazón de un padre. ¡Feliz Día del Padre! P. Lijoy Jose, OFM Cap. |



























