Reflexión sobre el Evangelio del domingo
Vivimos en un mundo que con frecuencia nos dice que debemos crear nuestra propia identidad, definir nuestra propia verdad y encontrar nuestro propio propósito. Fácilmente podemos medir nuestro valor por el éxito, las posesiones, la apariencia o la aprobación de los demás; y, sin embargo, la carga de tener que crear todo por nosotros mismos puede llegar a ser agotadora. En medio del ruido y de las preocupaciones de la vida, el corazón humano todavía puede preguntarse en silencio: “¿Quién soy? ¿Cuál es mi propósito? ¿Dónde pertenezco? ¿Soy suficiente?” Jesús hace a sus discípulos dos preguntas profundas: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” y luego, de manera más personal: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro responde con fe y convicción: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Jesús no está simplemente buscando información. Nos invita a confrontar las preguntas más profundas de nuestra vida: preguntas sobre nuestra identidad, nuestra verdad y el sentido de nuestra existencia. Por eso, la pregunta que Jesús hizo a Pedro también está dirigida a cada uno de nosotros. Nuestra respuesta tiene el poder de dar forma a todo: nuestra identidad, nuestros valores, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestras esperanzas y la manera en que comprendemos nuestro propósito en este mundo. Cuando Pedro proclama: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, sucede algo profundo. Primero, Pedro reconoce quién es Jesús, y entonces Jesús revela quién es Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” Pedro no inventa su identidad; la recibe de Cristo. Aquí encontramos una profunda verdad espiritual: comenzamos a descubrir quiénes somos verdaderamente cuando descubrimos quién es verdaderamente Jesús. Quizás hoy necesitamos dejar de esforzarnos tanto por inventarnos a nosotros mismos y, en cambio, permitir que Cristo nos revele quiénes somos verdaderamente. Si Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, entonces no tenemos que crear nuestro propio significado ni cargar con el peso de demostrar nuestro valor. Dios ya nos ha creado, nos ha amado, nos ha llamado y nos ha dado un propósito. Que nuestra respuesta sea la respuesta de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Y que Dios nos conceda la gracia y el valor para permitir que esta confesión se convierta en el fundamento de nuestra identidad, la fuente de nuestra verdad y el sentido de nuestra vida. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |





























