Reflexión sobre el Evangelio del domingo
¿Hay alguna deuda que valga la pena llevar durante toda la vida? Normalmente pensamos que una deuda es algo que, tarde o temprano, debemos pagar. La mayor parte de nuestra vida tratamos de pagar lo que debemos, esperando que algún día no quede nada pendiente. Pero san Pablo habla de un tipo diferente de deuda: «No tengan deudas con nadie, excepto la de amarse unos a otros» (Romanos 13,8). Esta deuda de amor es diferente. Es una deuda que vale la pena llevar durante toda la vida. Siempre podemos amar un poco más y perdonar una vez más. Nunca llegamos al punto de poder decir: «Ya he amado lo suficiente». Nuestras vidas están construidas sobre amores que nunca podremos pagar completamente: el amor de nuestros padres, amigos, maestros y, sobre todo, el amor de Dios. Como nos recuerda san Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó». Gran parte de lo que somos es fruto de alguien que creyó en nosotros cuando nosotros mismos no podíamos creer en nosotros; que nos perdonó cuando fallamos; que permaneció a nuestro lado cuando hubiera sido más fácil marcharse; o que simplemente nos hizo sentir que nuestra vida tenía valor. Y quizá por eso la deuda de amor no está destinada a ser devuelta, sino transmitida a los demás. Cada familia debería construir un banco así, no de bienes materiales, sino de historias: Así amaron nuestros abuelos. Así se sacrificaron nuestros padres y hermanos. Así perdonamos. Así permanecimos unidos. Así nos sostuvo Dios. Estas son las riquezas que dejamos a la próxima generación. Tal vez nunca podamos devolver todo el amor que hemos recibido, y eso no es un fracaso; es gracia. Una deuda de amor que dura toda la vida nos mantiene humildes, agradecidos, compasivos y profundamente conectados con Dios, con los demás y con toda la creación. De hecho, hay una deuda que vale la pena llevar toda la vida: la deuda del amor. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |






























