Reflexión sobre el Evangelio del domingo
Pentecostés no es solamente un acontecimiento del pasado que la Iglesia recuerda; es la presencia permanente del Espíritu Santo vivo entre el Pueblo de Dios. El primer Pentecostés marcó el nacimiento de la Iglesia: discípulos llenos de miedo fueron transformados en valientes testigos de Cristo Resucitado. Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles nos muestran que el Espíritu continuó descendiendo, guiando, fortaleciendo y renovando a los creyentes una y otra vez. Pentecostés, por tanto, no es un momento histórico ya terminado, sino el continuo derramamiento de la vida de Dios sobre su Iglesia. Ese mismo Espíritu Santo sigue actuando hoy, especialmente a través de los sacramentos, donde Cristo permanece vivo y activo entre nosotros. Cada sacramento es obra del Espíritu, que santifica y renueva al Pueblo de Dios. Pentecostés también se hace presente en los momentos ordinarios de la vida: cada vez que el perdón vence al odio, la fe supera el miedo, o un pecador regresa a Dios, el Espíritu está actuando. Toda conversión, toda renovación de la fe, todo paso hacia la santidad es un nuevo Pentecostés. Nosotros somos la continuación viva de aquella experiencia del Cenáculo. El Espíritu que llenó a Pedro, Pablo y a los santos habita ahora en nosotros. Pero para recibir nuevamente este fuego, debemos entregarnos totalmente a Dios. Los discípulos primero esperaron en oración, se vaciaron del miedo y de la confianza en sí mismos, y abrieron completamente su corazón al Señor. El Espíritu Santo no puede transformar plenamente un corazón cerrado por el orgullo, el resentimiento o el apego al pecado. Por eso, el cristianismo no consiste solamente en recordar lo que Dios hizo una vez; consiste en experimentar lo que Dios sigue haciendo hoy por medio de su Espíritu. Pentecostés no ha terminado. El fuego sigue ardiendo. La pregunta es si estamos dispuestos a dejar que el Espíritu Santo vuelva a encender nuestros corazones. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |































