Reflexión sobre el Evangelio del domingo
En el Día de las Madres de este año, hacemos una pausa con corazones agradecidos para honrar y dar gracias a todas las madres, abuelas, madrinas, hermanas religiosas y a todas las mujeres cuyas vidas revelan silenciosamente la belleza y la ternura del amor de Dios en nuestro mundo.
Una madre es verdaderamente un “sacramento viviente” — un reflejo sagrado y visible del amor invisible de Dios, en quien encontramos algo divino: un amor que se entrega sin medida, perdona sin condición y espera sin fin. La fortaleza de una madre muchas veces se esconde en momentos ordinarios y desapercibidos: en la comida preparada con amor, en las lágrimas derramadas en silencio, en las cargas llevadas discretamente y en las oraciones susurradas por su familia hasta altas horas de la noche. Quizás las madres sean de las almas menos egoístas sobre la tierra; son santuarios y protectoras de la vida. Mucho de la bondad, la compasión y la estabilidad que aún permanecen en nuestro mundo existen gracias a los sacrificios silenciosos de las madres. En verdad, el mundo continúa adelante porque innumerables madres siguen amando sin contar el costo. Su amor entregado se convierte en el fundamento silencioso sobre el cual se sostienen las familias, las comunidades e incluso la humanidad misma. Recordemos también con ternura y oración a las madres que sufren en silencio, a las madres que lloran la pérdida de un hijo, a las madres que anhelan tener un hijo entre sus brazos, a las madres separadas de sus seres queridos y a las madres que han partido antes que nosotros hacia la vida eterna. El amor de una madre nunca desaparece del todo; continúa viviendo en los corazones, en los recuerdos y en las vidas de aquellos a quienes ella cuidó y formó. Que la Santísima Virgen María, nuestra Madre Celestial, bendiga y proteja a todas las madres. ¡Feliz Día de las Madres a todas nuestras queridas madres! La fe no significa tener todo resuelto. Significa confiar en Aquel que sí lo tiene. Significa abandonarse a una sabiduría más alta, incluso cuando el camino no está claro. Cuando no podemos ver el camino, estamos invitados a caminar con Aquel que es el Camino. En nuestros momentos de duda, no tengamos miedo. Seamos sinceros, como Tomás. Llevemos nuestras preguntas a Cristo. Porque en Él no solo encontramos respuestas, sino también dirección, sentido y vida. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |



































