Reflexión sobre el Evangelio del domingo
¿Alguna vez has dicho “sí” a Dios y, después, te has dado cuenta de que ese “sí” no hizo tu vida más fácil? En algún momento quizá te preguntaste: “Señor, ¿en qué me he metido?” Muchas veces pensamos que, si elegimos hacer el bien, la vida debería ser más fácil. Esperamos que la fidelidad nos proteja del sufrimiento, que la obediencia nos lleve al bienestar y que decir “sí” a Dios haga más claro el camino.
Sin embargo, las Escrituras nos muestran otra realidad: responder al llamado de Dios no siempre hace la vida más fácil; muchas veces nos llama al sacrificio. El profeta Jeremías lo descubre en su propia vida. Es rechazado y se siente desanimado, pero no puede callar la palabra de Dios, porque arde dentro de él como un fuego. Pedro también quiere que Jesús tenga la corona sin la cruz. Pero Jesús le enseña que no hay verdadero discipulado sin entrega, ni resurrección sin cruz. Aquí es donde San Pablo lleva este mensaje al corazón: “Ofrezcan sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.” Un sacrificio vivo significa poner toda nuestra vida sobre el altar de Dios, no solamente una vez, sino cada día. Una madre que cuida de sus hijos, un padre que elige la honestidad en lugar de la ganancia, alguien que perdona una herida profunda, quien cuida de un padre anciano, sirve a una persona que está sola, permanece fiel en el matrimonio o sigue orando cuando la fe se hace difícil: todos estos actos cotidianos pueden convertirse en sacrificios vivos. El sacrificio cristiano no consiste en ganarnos el amor de Dios; es nuestra respuesta al amor que Cristo ya nos ha mostrado. En cada Eucaristía, Cristo se entrega por nosotros y nos invita a responder: “Señor, me entrego a ti.” El mundo pregunta: “¿Qué voy a recibir?” El Evangelio pregunta: “¿Qué puedo dar por amor?” No siempre podemos elegir las cruces que llegan a nuestra vida, pero sí podemos elegir cómo llevarlas, unidos a Cristo. Cuando unimos nuestros sacrificios a Cristo, las cargas se convierten en ofrendas, la cruz conduce a la resurrección y la entrega de nosotros mismos nos lleva a la verdadera vida. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |





























