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Mensaje semanal
El Evangelio de Juan (Jn 4,5–42) nos ofrece un momento profundamente simbólico cuando narra la historia de una mujer que se acerca al Pozo de Jacob para sacar agua, llevando un cántaro. Ese cántaro representa las necesidades ordinarias de su vida diaria. Pero también puede verse como un símbolo de las muchas maneras en que tratamos de encontrar plenitud en los pozos de este mundo. Una y otra vez volvemos a los mismos lugares—el éxito, el reconocimiento, las posesiones, las relaciones o las distracciones—con la esperanza de que finalmente nuestra sed quede saciada.
Lo que cambia todo en este Evangelio es el encuentro. En su encuentro con Jesús, la mujer comienza a descubrir que la verdadera fuente de la vida no es el agua del pozo, sino Aquel que está sentado junto a él. Entonces el Evangelio señala un gesto pequeño pero extraordinario: ella deja su cántaro. El cántaro simboliza su antigua manera de buscar plenitud; dejarlo atrás marca un nuevo descubrimiento de dónde se encuentra realmente la vida. Ella pasa de simplemente buscar agua a descubrir la fuente misma. Encontrarse con Cristo es comprender que la sed más profunda del corazón humano no puede ser saciada por los pozos pasajeros de este mundo. Solo puede ser colmada en una relación con el Dios vivo, Aquel que ofrece lo que Jesús llama agua viva, una vida que fluye más allá de los límites del tiempo hacia la eternidad. Quizás la pregunta más profunda que plantea este Evangelio no es sobre la mujer samaritana, sino sobre nosotros: ¿En qué momento de nuestra vida también nosotros dejaremos nuestro cántaro? P. Lijoy Jose, OFM Cap. |




























