Desde el lunes 27 de julio después de la misa de las 8:00 a. m. hasta el viernes 31 de julio,
la iglesia, el convento, la oficina parroquial y la tienda de artículos religiosos permanecerán CERRADOS
debido a una fumigación contra termitas.
Si tiene alguna pregunta, por favor comuníquese con la oficina parroquial.
Reflexión sobre el Evangelio del domingo
San Pablo plantea una de las preguntas más profundas de toda la Sagrada Escritura: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?» (Romanos 8,35). Su respuesta es categórica: nada. Sin embargo, esta certeza da origen a otra pregunta aún más desafiante para el alma: si nada puede separarnos del amor de Cristo, ¿por qué con tanta frecuencia dejamos de vivir en ese amor? Los obstáculos rara vez vienen de fuera; nacen en el corazón humano. El orgullo se resiste a la humildad, el miedo se niega a confiar, el resentimiento encierra el perdón, la indiferencia nos vuelve ciegos al sufrimiento de los demás, y la ilusión de la autosuficiencia nos impide depender de Dios. Ninguna de estas actitudes puede disminuir el amor que Cristo nos tiene, pero sí pueden reducir nuestra capacidad para recibir ese amor, dejarnos transformar por él y compartirlo con los demás.
La cultura moderna suele reducir el amor a un sentimiento, a la atracción o a la realización personal. El amor se mide por la intensidad con que se siente y no por la fidelidad con que se vive. Con frecuencia, las relaciones se mantienen solo mientras satisfacen los propios deseos. Anhelamos ser amados, pero tememos el precio de amar. Buscamos encontrarnos a nosotros mismos en el otro; amamos porque el otro refleja nuestras necesidades, deseos o identidad. Cuando ese reflejo desaparece, muchas veces el amor también desaparece. Lo que llamamos amor puede convertirse en poco más que un apego a nosotros mismos. Cristo nos revela una comprensión del amor completamente distinta. Su amor no se basa en la reciprocidad, la utilidad ni la satisfacción emocional. Es un amor que se entrega, que crea vida y que es incondicional. Por eso la pregunta de San Pablo es tan extraordinaria. Amar a Cristo, entonces, no consiste simplemente en admirarlo o conservar el recuerdo de su vida. Cristo no es solo un personaje de la historia, sino la presencia viva de Dios, que encontramos continuamente en la Eucaristía, en los pobres, en el extranjero, en la comunidad de los creyentes y en los momentos ordinarios de la vida cotidiana. Su amor no es una idea abstracta, sino una realidad que busca transformar nuestra manera de ver, de vivir y de relacionarnos. Cuando su amor se convierte en el centro de nuestra existencia, dejamos de preguntarnos únicamente: «¿Quién podrá separarme de Cristo?» y comenzamos a preguntarnos: «¿Refleja mi vida el amor inseparable de Cristo para los demás?» La fe alcanza su plenitud cuando el amor que hemos recibido se convierte en el amor que libremente ofrecemos. P. Lijoy Jose, OFM Cap. |





























