Reflexión sobre el Evangelio del domingo
Vivimos en un mundo donde muchos esconden su dolor detrás de sonrisas y rutinas. Las personas que nos rodean cargan silenciosamente con el duelo, la ansiedad, la soledad y el profundo deseo de ser vistas y escuchadas. Es fácil pasar por alto las luchas ocultas bajo la superficie. Pero Jesús veía de manera diferente. «Al ver a la multitud, se compadeció de ella, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.» Miró más allá de los rostros y reconoció corazones heridos.
De ese corazón compasivo surge su llamado a los discípulos con un plan de acción muy claro: «Gratis lo recibieron; denlo gratis.» No nos ganamos el don de la vida, ni compramos el amor de Dios, ni merecimos su perdón. Hemos recibido gratuitamente la gracia de la fe, el amor de la familia y de los amigos, la belleza de la creación y la promesa de la vida eterna. Porque hemos recibido tanto, estamos llamados a ser generosos. En un mundo que constantemente pregunta: «¿Qué gano yo?», el Evangelio nos impulsa a preguntarnos: «¿Cómo puedo dar?» La vida, el amor y el tiempo son dones de Dios, y descubren su sentido más profundo cuando se comparten con los demás. Los necesitados ya están entre nosotros: la persona solitaria que anhela una visita, el corazón herido que desea ser escuchado, el vecino que lucha en silencio y espera una palabra de aliento. Muchas veces, el mayor regalo que podemos ofrecer no es una solución, sino nuestra presencia, nuestra compasión y nuestra disposición a escuchar de verdad. Jesús no se reservó nada. Nos entregó su amor, su misericordia, su tiempo y, finalmente, su propia vida por nosotros. Habiendo recibido tanto de Él, ¿permitiremos que su generosidad transforme la nuestra? Esta semana, preguntémonos: ¿A quién está llamando Dios a amar con mayor libertad? ¿Y qué don que hemos recibido de Él estamos siendo invitados a compartir sin contar el costo? P. Lijoy Jose, OFM Cap. |



























